El arte de enseñar a perder y a ganar

La competitividad
inunda nuestras vidas en todos los ámbitos. Se compite en el deporte, en el
trabajo, en las artes, en la investigación, en las notas, hasta en las redes
sociales con quién tiene más likes o
más seguidores. Continuamente nos enfrentamos a un ganar o perder, a una
rivalidad de quién es el top 1. Pero
está en nuestro interior renunciar a esa carrera y ser conscientes de cuándo
conviene decidir perder para realmente poder ganar.

El triunfo muchas
veces implica renuncia, es por ello que debemos siempre ponderar y hacer ver a
nuestros hijos que debemos establecer límites para alcanzar el éxito. No todo
vale y no podemos sacrificar aspectos fundamentales en el camino, como por
ejemplo: integridad, respeto, servicio, honestidad y humildad.

Muchas veces podemos
reducir el deporte a las competiciones y, a su vez, al marcador final. Los
resultados de los partidos no definen del todo quién es mejor o peor. Debemos
tener muy presente que la lucha y el desempeño máximo es el fin real de las
competiciones aunque es totalmente comprensible que aspiremos a una medalla o a
alzar una copa.

Antes de hablaros acerca de cómo gestionar los fracasos y los triunfos en el ámbito deportivo, conviene tener claro que no podemos medir el desempeño, las capacidades y el esfuerzo en función de los resultados. Es totalmente comprensible que nuestros hijos sientan tristeza o decepción cuando no ganan, pero deben ser capaces de aceptarlo sin dramatizar. Este camino se forja a través de múltiples recursos. Uno de ellos es que siempre tengan expectativas realistas y medios para alcanzar las metas, es decir: esfuerzo, habilidades, práctica, etc.

Jugar cualquier deporte lleva implícito el esfuerzo y la constancia en el entrenamiento. Aunque nuestros hijos pierdan, deben ser capaces de aprender de las derrotas y extraer con objetividad puntos de mejora para su rendimiento individual y en equipo.

Muchas veces podremos
encontrarnos con niños que abandonan la práctica por no aceptar derrotas. Sobre
todo, si son reiteradas. Aceptarlo con alegría es difícil, pero saber perder
con nobleza y humildad es de ganadores.

Podemos ayudar a
nuestros hijos a afrontar las derrotas con una serie de pautas:

  • Ayúdales a
    poner el foco en el margen de mejora personal y no en culpabilizar o reprochar los
    fallos a los compañeros.
  • Dales un
    tiempo de reposo, de serenidad para asimilar los resultados y reflexionar con
    objetividad acerca del desempeño individual y grupal. Ya habrá tiempo para
    analizarlo en conjunto.
  • Acompáñale en
    su dolor, compréndele. Es una derrota y a nadie le gusta perder. Guíale en el descubrimiento
    de oportunidades de crecimiento y de aspectos positivos que se puedan destacar
    a pesar de un resultado desfavorecedor.
  • Pregúntale
    por sus emociones y después ayúdale a buscar las causas, a reconducirlas y a reconocer
    los fallos para corregirlos y mejorar.
  • Cuidado, “lo
    importante es participar
    ” no es del todo cierto. Es un consuelo
    mediocre que a pocos ayuda. Lo importante es esforzarse, haber entrenado lo
    mejor posible y haber luchado en la competición con voluntad y respeto por el
    contrario.
  • Don’t give up!
    Cuando las derrotas son frecuentes, pueden verse tentados a renunciar, incluso
    dando argumentos justificados. Nos están dando la oportunidad para trabajar la
    capacidad de frustración.
  • Evita el “postureo”.
    Ya sabéis que a veces se gana, otras se pierde…no “maquillemos” las derrotas
    por miedo al ridículo. Forma parte de educar la libertad.  

Muchas veces los jóvenes que practican y, a su vez, siguen muy de cerca algún deporte, asumen como ídolos a imitar a las estrellas del momento. Sin embargo, no siempre son modelos a seguir. Ellos también luchan por saber perder y saber ganar.

Aquí tenéis un resumen de las numerosas muestras de respeto y admiración que ofrece Nadal después de sus partidos.
En este vídeo vemos a otra estrella internacional del tenis que pierde el respeto y la buena deportividad en la final del US Open.

A veces somos los
padres los que ejercemos demasiada presión en el desempeño deportivo de
nuestros hijos, exigiéndoles un rendimiento desproporcionado y deformado, que
aspira más al reconocimiento público que al crecimiento personal del niño. En
la mayoría de los casos esto degenera en el síndrome de burnout que,
básicamente, responde a una saturación excesiva del deportista por motivos de
estrés originado por sobreentrenamiento y presiones familiares o sociales. Esto
puede provocar, inicialmente, bajo rendimiento y desinterés. Sin embargo, en la
medida en la que las causas persistan o aumenten, puede afectar su estado físico
y psicológico.

¿Y qué pasa cuando ganamos?

El ganar pasa,
absolutamente, por respetar al contrario, reconocer su esfuerzo, agradecerle
por su participación y nunca vanagloriarse. Para los niños no es fácil
canalizar sus triunfos, todavía no tienen la madurez emocional
para administrar y digerir el éxito, puesto que tienden al egocentrismo.

Como en todos los
ámbitos, cuando un hijo se acostumbra a ganar o destacar, pueden ocurrir dos
cosas que los padres debemos atender. Por una parte, puede suceder que se crean
superiores o invencibles y que esto derive en un trato humillante con sus
compañeros de equipo y con sus contrarios. En cambio, un buen ganador alaba el
trabajo del contrincante y acepta los éxitos con elegancia, discreción,
humildad y prudencia.

Por otra parte, nos
podemos encontrar con escenarios en los que nuestros hijos sean muy talentosos
por naturaleza y, con poco esfuerzo, siempre consigan la Victoria. En estos
casos también debemos estar atentos y ayudarles a forjar la capacidad de
esfuerzo, de superación, de trabajo constante y callado.

En resumen, en el caso
de las victorias los padres también debemos tener presente una serie de
premisas:

  • Los ganadores
    también deben mejorar e ir fijando nuevas metas sin pasar de la perseverancia a
    la obsesión.
  • Cada vez que
    ganen, tenemos también una oportunidad para fijar los cimientos para cuando
    llegue el momento en el que pierdan. Que llegará y también será muy sano que
    ocurra.
  • Debemos hacerles
    ver que sus triunfos les lleva al deber de poner sus habilidades y sus talentos
    al servicio de los demás.
  • Las victorias
    son una oportunidad para observar y reconocer en los rivales sus bondades; y
    mejor aun cuando son carencias en el que gana.
  • Que no se limite
    a la medalla. Podemos repasar con ellos la competición y reconocer
    oportunidades de mejora.

Finalmente, más allá de los entrenamientos y de los resultados de las competiciones sean grupales o individuales, los niños deben aprender desde muy pequeños los valores naturales del deporte. Quiero concluir con uno de mis favoritos: la honestidad. Nuestros hijos deben aprender a jugar limpio siempre. A seguir las reglas y respetarlas, sin versionarlas en función de intereses propios. Este es un valor que debemos extrapolar a todos los ámbitos de nuestra vida, la amistad, la familia, el trabajo, los deberes sociales, y muchos más. Es un principio que hoy os invito a reforzar en el deporte, pero que sin duda lo forjamos en nuestro interior, ayudaremos a construir una mejor sociedad.

Claudia Rivera Tollinche,

Profesora del Colegio Orvalle

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