Los tiempos en que lo más común era encontrar pareja entre los conocidos, o entre los amigos de los conocidos, en la escuela, en la universidad o en la iglesia, van quedando atrás –al menos en esta parte del mundo en que la gente tiene un acceso relativamente fácil a dispositivos electrónicos y a Internet.

Según un estudio recién publicado –“Cómo se han conocido las parejas heterosexuales”, de Michael J. Rosenfeld, profesor de la Universidad de Stanford–, la variación en EE.UU. ha sido favorable a la opción “Nos hemos conocido por Internet”, con casi el 40% de las respuestas en 2017 (eran el 20% en 2009). Le sigue, con una cifra inferior pero también en ascenso, la de “En un bar o un restaurante” (del 20% al 27%). Otras variantes, en cambio, han ido paulatinamente a la baja, entre ellas, “Nos conocimos por medio de la familia”, “En la universidad”, “En la iglesia”, etc.

El 40% de los estadounidenses encuestados en 2017 en una investigación sobre las parejas, afirmó haberse conocido a través de Internet

Es el triunfo del online dating, de las citas coordinadas a través de la web mediante aplicaciones de móvil o desde el ordenador. Los escépticos pueden dudar de si “triunfo” es el mejor término para referirse a la facilidad con que una app relaciona a dos personas que no se conocen de nada y que solo han llegado a saber de la otra mediante un frío clic en una pantalla. Pero algunas investigaciones señalan que las uniones nacidas de esta manera no son tan vaporosas como pudiera pensarse.

En el horizonte, quizás “un matrimonio feliz”

En un artículo en el blog del Institute for Family Studies (IFS), el analista Robert VerBruggen constata la realidad: el online dating se está convirtiendo en la norma, y lo más importante: a muchos parece estarles funcionando.

VerBruggen cita dos de las investigaciones más recientes en el tema: una de 2013, de John T. y Stephanie Cacioppo, publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences, se realizó con una muestra de más de 19.100 personas que se casaron entre 2005 y 2012. El estudio revela que los matrimonios que se forjaron a partir de citas online tienen ligeramente menos posibilidades de terminar en divorcio o separación que aquellos de personas que se conocieron personalmente por las vías tradicionales. Es más, su índice de satisfacción conyugal es superior al del segundo grupo.

La otra investigación, “Matrimonio, elección y pareja en la era de Internet”, de 2017, también de Rosenfeld, permite concluir que el conocerse online, a través de las webs de citas, no es un pasaporte directo a la ruptura en el futuro. De hecho, señala que las parejas que han llegado a forjarse por esa vía hacen una transición más rápida hacia el matrimonio.

Con los datos a la mano, Rosenfeld apunta que no pretende establecer ningún “efecto causal” de las modernas tecnologías de la comunicación en la formación del matrimonio o en la durabilidad de la relación. “Solo sugiero que los datos son más consistentes con una asociación positiva o neutral entre Internet y las relaciones románticas, que con una asociación negativa”, dice el experto.

Con estos resultados enfrente, no se puede incluir el online dating entre las causas inexorables de fracaso en las relaciones de pareja. “Incluso si no podemos descartar totalmente la posibilidad de que [esta práctica] incremente el riesgo de relaciones tumultuosas –señala VerBruggen–, ciertamente hay pocos indicios a favor de esto. Más bien, la correlación parece ir en sentido contrario”.

No hay una asociación negativa entre las citas “online” y el destino de las parejas formadas a partir de aquellas

Según opina, hay que estudiar más este asunto y sus consecuencias –si favorece la promiscuidad, si influye en la edad en que se accede al matrimonio, etc.–, “pero por el momento, no hay necesidad de preocuparse por la cuenta de su hijo de 24 años en OKCupid (uno de los sitios de citas). A lo mejor incluso lo lleva un día a formar un matrimonio feliz y a que Ud. tenga nietos”.

¿El regreso a lo romántico?

A lo que se ve, el panorama que dibujan las webs y las apps de citas dista de ser gris total. Por una parte, porque al menos en EE.UU. se van viendo cambios de tendencia positivos en cuanto al tipo de relación que prefiere el que accede a esos sitios.

En 2016, el New York Post informaba que las respuestas que daban los usuarios sobre sus expectativas respecto a sus e-parejas eran más edificantes que 10 años atrás, cuando la web de citas online OKCupid les preguntaba si querían quedar con alguien solo para tener sexo, o si considerarían dormir con una persona el mismo día en que la conocieran. A la primera interrogante respondió afirmativamente un 19% menos que en 2005, y a la segunda, un 10% menos.

Algunos quieren ver en esto un regreso del “amor romántico”. Así lo aprecia el profesor universitario Joe Malone en otro artículo en el blog del IFS. Malone tira de una investigación de la Universidad de Harvard, realizada en 2017 con 3.000 jóvenes, la cual arrojó que los encuentros sexuales informales ya no eran el tipo de relación preferida por el 85% de los adultos jóvenes, sino aquellos encuentros que tenían lugar dentro de una relación sólida, asentada.

Según una investigación realizada por Harvard con 3.000 jóvenes, los encuentros sexuales informales ya no eran el tipo de relación preferida por el 85% de estos

Esta perspectiva, el estar de vuelta de “esos años locos”, tal vez esté incidiendo en el modo en que parte del público percibe los sitios de citas en Internet: no como un caladero donde pescar relaciones de un día, sino como el lugar donde conocer a una posible pareja estable.

Aquí, esperando por la pareja perfecta

Desde luego, no está de más la cautela. En EE.UU., el portal hispano El Diario NY cita la anécdota de una treintañera, usuaria de OKCupid y Tinder, que contactó personalmente con algunos candidatos inscritos en estos sitios: “Tuve una cita con un hombre que resultó ser delincuente convicto. Otro hombre dijo tener 38 años, pero tenía al menos 60. […] A veces voy a una cita solo para ver qué tan mal puede salir”.

Además de la decepción, el perjuicio puede estar en seguir ciertas tendencias en el uso de estas herramientas. Como el serendipidating, la creencia de que, vista la gran “oferta” de candidatos a pareja, el interesado siempre tendrá algo mejor disponible “a la vuelta de la esquina”, y que, por lo tanto, se puede pasar de una, de otra y de otra, porque siempre estará al caer una mejor. La tentación de esperar por la pareja “óptima” puede llevar a ninguna parte al usuario tiquismiquis o demasiado exigente, que puede quedarse vestido para el banquete.

Hay, además, dos grandes verdades: una, que si lo fía todo a la eficiencia de un algoritmo matemático que se encarga de poner en relación a dos perfectos desconocidos, el usuario puede descuidar su contacto en el plano real con otras personas y dejar de ejercitar sus habilidades relacionales, que puede llegar a necesitar si fallan sus “ciberesperanzas”.

Si lo fía todo a la eficiencia de un algoritmo matemático, la persona puede descuidar el ejercicio de sus habilidades relacionales directas

Y justo por ahí viene la segunda, que es un jarro de agua fría: no todos conseguirán pareja a través de la pantalla. En China, por ejemplo, donde hay una brecha demográfica entre hombres y mujeres, Yu Wang, el director ejecutivo de la web de online dating Tantan, afirmó un año atrás a The Economist que la cultura de las citas offline ya prácticamente se había perdido. “Si te acercas a una persona en la calle para comenzar a flirtear con ella, eres un sinvergüenza”, afirmaba.

Pero estar inscrito en la web de citas tampoco salva automáticamente. Según dijo Yu a la publicación británica, el 5% de sus clientes nunca tendrán pareja. De hecho, si los hombres dan like al 60% de las mujeres candidatas, estas apenas aprueban al 6% de los candidatos varones. El nivel de exigencia de ellas parece mucho mayor, con lo que una buena parte de los que están en lo más bajo de las preferencias probablemente no tengan siquiera ni una cita personal.

Porque en este “mercado del afecto”, las cosas funcionan de modo diferente. Un experto se lo resumía con una metáfora a El Diario NY: si vas a una tienda y quieres comprarte una sudadera, pagas y te la llevas. Pero la “tienda” que nos ocupa, la sudadera tiene que estar de acuerdo.

Convendría, pues, no descansar a ciegas en la “infalibilidad” de un algoritmo.