1975. Luanda, Angola. Angola era una colonia fue portugueses durante cuatrocientos años desata una guerra de guerrillas por su independencia. Tras catorce duros años, en septiembre, se libera siendo la última colonia del territorio africano. Portugal olvidó dejar un gobierno estable y vuelve a estallar otra guerra civil entre las tribus por el control de la nación. Es la conocida guerra civil de Angola, que se prolonga durante veintiséis años, debido a los respaldados de las grandes potencias mundiales a la sombra de la Guerra Fría. Tres tribus, con el refuerzo de recursos externos, dejan sumido al país en un auténtico caos. Es en 2002, cuando entra el primer Presidente elegido de forma democrática, no sin polémica por sus escándalos de corrupción.
2019. Luanda, Angola. Un país con apenas diecisiete años de madurez, cuya capital es la ciudad más cara del mundo (Mercer, 2017) por delante de Hong Kong, Tokio, Zurich y Singapur. Es también de los puertos de mercancías más grande de África, exportador de piedras preciosas, y está en el ranking de los diez países con más petróleo.
Este es el escenario para entender el concepto de “Las dos Angolas”.
Y es en este escenario donde la gente valiente apuesta por un proyecto educativo capaz de dar la vuelta a un país. Lo tienen claro, esto solo se levanta dando herramientas potentes a las nuevas generaciones.
El modelo educativo en Angola es totalmente tradicional, lo mismo que en España hace no tantos años: el maestro es el transmisor del conocimiento y el alumno un mero sujeto pasivo que coge lo que puede. En los hogares es muy parecido, se respira un ambiente de respeto a los progenitores y siempre se hacen los deberes que manda el profesor.
Es habitual manejar los términos de “hijos sueltos” o la figura del “encargado” de la educación del niño. El primer concepto corresponde a hijos que se tienen fuera del matrimonio pero que en ocasiones forman parte del núcleo familiar. El segundo se refiere a la persona responsable de la educación del niño, que no tienen por qué ser los padres, ni tampoco de la familia. De forma análoga, a los angolanos también les llama mucho la atención nuestros términos: “estrés” y “depresión”. Aquí nadie sufre de ansiedad.
Los profesores son un mundo aparte. Tienen un nivel muy bajo de conocimientos y lo peor de todo es que deben tener varios trabajos más para poder vivir. Normalmente los colegios tienen tres turnos: 8-12, 12-16, 16-20. Imagina que tu pupitre de clase es compartido a diario por otros dos niños más. O que tienes compañeros profesores que ni conoces. Es una locura.
En este entorno nace el colegio Crystal, el primero de la Fundación Arenales en África, con un profundo espíritu de servicio a las familias, a sus alumnos y a la sociedad. Pretende ser el primero de muchos y fermento para el cambio de una sociedad tan maltratada.
Cuando hablamos de “educación personalizada” y que tenemos que dar a cada alumno lo que necesita, que cada niño tiene necesidades diferentes, que no todos aprenden a la misma velocidad, que no hay niños malos si no malos comportamientos y que centro de todo es el aprendizaje del alumno: no dan crédito. Cuando les decimos que para educar bien hay que querer a tus alumnos, que los profesores no aceptamos regalos de familias ni proveedores, que somos ejemplo de integridad y coherencia, que educamos con nuestra vida y no con nuestras palabras y que confiamos siempre plenamente en nuestros chicos: siguen sin dar crédito.
Realmente somos unos privilegiados por tener los colegios que tenemos, por trabajar donde trabajamos y por ser lo que somos.
Raúl Miranda
Profesor de Secundaria
Colegio Alborada

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