Ricardo III: Fragmento de la última escena del acto primero

Para que os seas más fácil elegir con conocimiento de causa, ahí va un fragmento divertido.

(Entran los dos Asesinos).

Asesino primero: ¡Eh! ¿Quién está ahí?

Brakenbury: ¿Qué quieres, amigo? ¿Cómo has llegado aquí?

Asesino primero: Quiero hablar con Clarence, y llegué aquí sobre mis piernas.

Brakenbury: ¿Qué, tan pocas palabras?

Asesino segundo: Vale más, señor, que ser prolijo. Enséñale nuestra orden, y no hablemos más.

El Asesino primero da un papel a Brakenbury, que lo lee.

Brakenbury: Se me ordena aquí que entregue en vuestras manos al noble duque de Clarence; no quiero discutir qué se pretende con eso, porque quiero ser inocente de lo que se pretenda. Aquí están las llaves: ahí está el Duque, durmiendo: iré a ver al Rey, a decirle que os he entregado así el que se me había encomendado.

Asesino primero: Hacedlo, señor, es cuestión de prudencia: seguid bien.

(Se va Brakenbury.)

Asesino segundo: ¿Qué, le apuñalamos mientras duerme?

Asesino primero: No: dirá que ha sido una cobardía, cuando se despierte.

Asesino segundo: ¡Cuando se despierte! Vamos, tonto, no se despertará hasta el día del Juicio.

Asesino primero: Bueno, entonces dirá que lo apuñalamos durmiendo.

Asesino segundo: El traer esa palabra “Juicio” me ha dado una especie de remordimiento.

Asesino primero: ¿Qué, tienes miedo?

Asesino segundo: No de matarle. Teniendo orden de ello, sino de quedar condenado por matarle, de lo cual no hay orden que me pueda defender.

Asesino primero: Creí que estabas decidido.

Asesino segundo: Y lo estoy, a dejarle vivo.

Asesino primero: Me volveré al duque de Gloucetser, a decírselo.

Asesino segundo: No, por favor, aguarda un poco: espero que se me pasará este humor de santidad: no solía durarme más que mientras se cuenta hasta veinte.

Asesino primero: ¿Cómo te sientes ahora?

Asesino segundo: A fe, todavía noto dentro algunos posos de conciencia.

Asesino primero: Acuérdate de nuestra recompensa, cuando esté hecho.

Asesino segundo: ¡Demonios!, va a morir: se me había olvidado la recompensa.

Asesino primero: ¿Dónde tienes ahora la conciencia?

Asesino segundo: En la bolsa del duque de Gloucester.

Asesino primero: Así, cuando él abre la bolsa para darnos nuestra recompensa, tu conciencia escapa volando.

Asesino segundo: No importa: que se escape: pocos, o nadie, la recogerán.

Asesino primero: ¿Y si te vuelve otra vez?

Asesino segundo: No tendré enredos con ella: acobarda a cualquiera: uno no puede robar, sin que le acuse; uno no puede jurar, sin que le contenga; uno no puede acostarse con la mujer del vecino, sin que le descubra; es un espíritu miedoso y ruboroso que se revuelve en el pecho de uno: le llena de obstáculos; una vez me hizo devolver una bolsa de oro que había encontrado por casualidad: deja hecho un mendigo a cualquiera que la tenga; la destierran de todas las ciudades y pueblos como cosa peligrosa; y todo el que pretende vivir bien, se esfuerza por fiarse de sí mismo y vivir sin ella.

Asesino primero: Demonios, ahora mismo la tengo a mi lado, convenciéndome de que no mate al Duque.

Asesino segundo: Ponte al diablo en el ánimo, u no la creas: quiere meterse dentro de ti sólo para hacerte suspirar.

Asesino primero: Yo soy fuerte: no podrá vencerme.

Asesino segundo: Has hablado como un tipo valiente que respeta su reputación. Vamos, ¿nos ponemos al trabajo?

Asesino primero: Dale en la mollera con el puño de la espada, y luego tírale al barril de malvasía que hay en el cuarto de al lado.

Asesino segundo: ¡Ah, estupenda idea! Hacerle sopas de vino.

Asesino primero: ¡Calla! Se despierta.

Asesino segundo: ¡Dale!

Asesino primero: No, conversemos con él.

Clarence(despertando): ¿Dónde estás, guardián? Dame un vaso de vino.

Asesino primero: Enseguida tendrás bastante vino, señor.

Clarence: En nombre de Dios, ¿quién eres tú?

Asesino primero: Un hombre, como tú.

Clarence: Pero no como yo, real.

Asesino primero: Ni tú como nosotros, leal.

Clarence: Tu voz es de trueno, pero tu aspecto es humilde.

Asesino primero: Mi voz ahora es del rey, y mi aspecto, mío.

Clarence: ¡Con qué mortal oscuridad hablas! Tus ojos me amenazan: ¿por qué te pones pálido? ¿Quién os mandó aquí? ¿Para qué venís?

Los dos: Para, para, para…

Clarence: ¿Para asesinarme?

Asesino primero: No nos habéis ofendido a nosotros, sino al Rey.

Clarence: Ya me volveré a reconciliar con él.

Asesino segundo: Nunca, señor, así que preparaos a morir.

Clarence: Entre todo un mundo de hombres, ¿os han llamado a vosotros para matar a un inocente? ¿Cuál es mi culpa? ¿Dónde está la evidencia que me acusa? ¿Qué juicio legal ha dado su veredicto al ceñudo juez? ¿O quién ha pronunciado la amarga sentencia de muerte del pobre Clarence? Antes que yo sea convicto conforme a la ley, es ilegal amenazarme de muerte. ¡Os conjuro así, como tenéis esperanza de redención por la preciosa sangre de Cristo, vertida por vuestros graves pecado, a que os vayáis y no me pongáis las manos encima! La acción de que os encargáis es condenable.

Asesino primero: Lo que vamos a hacer, lo vamos a hacer por mandato.

Asesino segundo: Y el que lo ha mandado, es nuestro Rey.

Clarence: ¿Vasallos extraviados! El gran Rey de Reyes, en la tabla de su Ley, ha mandado: “No matarás”. ¿Vais, entonces, a despreciar su orden para cumplir la de un hombre? Tened cuidado, pues Él tiene la venganza en su mano, para lanzarla sobre las cabezas de quienes quebranten su Ley.

Asesino segundo: Y esa misma venganza la lanza sobre ti, por falso perjurio, y también por asesinato: tú recibiste el Sacramento para luchar en el bando de la casa Lancaster.

Asesino primero: Y, como un traidor al nombre de Dios, quebrantaste ese voto, y, con tu filo traicionero, descosiste las entrañas del hijo de tu soberano.

Asesino segundo: A quien habías jurado amar y defender.

Asesino primero: ¿Cómo puedes invocar la temible Ley de Dios contra nosotros, cuando tú la has quebrantado en tan alto grado?

Clarence: ¡Ay! ¿Por quién hice yo esa mala acción? Por Eduardo, por mi hermano, por su bien: no os envía él a que me asesinéis por eso, pues él está tan hundido en ese pecado como yo. Si Dios quiere venganza por esa acción, ¡Ah, sabedlo aún!, la venga públicamente: no quitéis la querella a su poderoso brazo; Él no necesita acciones indirectas o ilegales para suprimir a los que le han ofendido.

Asesino primero: ¿Quién te hizo, entonces, sanguinario ministro, cuando el valiente Plantagenet, animosamente lanzado, ese egregio novel, fue herido de muerte por ti?

Clarence: El amor a mi hermano, nuestra obligación y mi ira.

Asesino primero: El amor a tu hermano, nuestra obligación y tu culpa nos hacen venir aquí a matarte.

Clarence: Si amáis a mi hermano, no me odiéis; soy hermano suyo y le quiero. Si estáis contratados por paga, volved otra vez, y os enviaré a mi hermano Gloucester, que os recompensará por mi vida mejor que Eduardo por las noticias de mi muerte.

Asesino segundo: Te engañas: tu hermano Gloucesteres te odia.

Clarence: Ah no, me quiere y me estima en mucho; id a verle de mi parte.

Los dos asesinos: Sí, eso haremos.

Clarence: Decidle que, cuando nuestro egregio padre York bendijo a sus tres hijos con su brazo victorioso, y nos encomendó con toda su alma que nos quisiéramos, poco pensó que se separara nuestra amistad: rogad a Gloucester que piense en eso, y llorará.

Asesino primero: Sí, llorará piedras de molino, como nos ha enseñado a que lloráramos.

Clarence: Ah, no le calumniéis, porque es muy bondadoso.

Asesino primero: Justo, como la nieve en la cosecha. Vamos, os engañáis: es él quien envía a suprimiros aquí.

Clarence: No puede ser, pues él lloró mi suerte, y me estrechó en sus brazos, y juró, con sollozos, que trabajaría por liberarme.

Asesino primero: Bueno, eso hace, al liberaros de la setrvidumbre de esta tierra para los gozos del cielo.

Asesino segundo: Haced las paces con Dios, porque debéis morir, señor.

Clarence: ¿Tienes en tu alma el santo sentimiento de aconsejarme que haga las paces con Dios, y sin embargo estás tan ciego para tu propia alma que quieres guerra con Dios asesinándome? Ah, señores, considerad que quien os envió a esta acción os odiará por haberla hecho.

Asesino segundo: ¿Qué vamos a hacer?

Clarence: Tened compasión y salvad vuestras almas.

Asesino primero: ¡Tener compasión! Eso es de cobardes y mujeres.

Clarence: No tener compasión es de animales, de salvajes, de diablos. ¿Cuál de vosotros, si fuerais un hijo de príncipe, privado de su libertad, como yo estoy ahora, no rogaría por su vida si vinieran contra él dos asesinos como vosotros? (Al asesino segundo) Amigo mío, observo alguna compasión en tu rostro: ah, si tus ojos no me lisonjean, ponte de mi parte y ruega por mí: ¿qué mendigo no compadece a un príncipe que mendiga?

Asesino segundo: Señor, ¡mirad detrás de vos!

El Asesino primero lo apuñala.

Asesino primero: Toma esto, y esto; si todo eso no basta, te ahogaré en el barril de malvasía que hay dentro.

(Se va con el cadáver)

Asesino segundo: ¡Cosa sanguinaria, cruelmente despachada! ¡Cómo me gustaría, igual que Pilatos, lavarme las manos de este crimen tan horriblemente culpable!

(Vuelve a entrar el Asesino primero)

Asesino primero: ¿Qué es eso? ¿Qué pretendes, que no me ayudas? Por los cielos, el Duque sabrá qué flojo has estado.

Asesino segundo: ¡Me gustaría que supiera que había salvado a su hermano! Toma tú la paga, y dile lo que digo, porque me arrepiento de que el Duque esté muerto.

(Se va)

Asesino primero: Yo no: vete, cobarde que eres. Bueno, esconderé el cadáver en algún agujero, hasta que el Duque dé orden de enterrarlo: y cuando reciba mi paga, me marcharé, porque esto se sabrá, y entonces no debo estar.

(Se va)