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Etiqueta: arte

La inclusión llega a los museos

La contundente afirmación de que la historia se ha tejido con las mujeres, haya sido visible o no su protagonismo y su influjo, es algo que se va comprobando cada vez más, también en el arte.
El magnífico e interesante libro de Régine Pernoud, La mujer en el tiempo de las catedrales (1980), ensayo-viaje al mundo de las mujeres en Francia durante la Edad Media, nos descubrió la existencia de reinas, monjas, escritoras, trabajadoras de distintos oficios, guerreras o campesinas en una época considerada oscura para muchos, pero que resulta fascinante.
Clara Peeters, Lavinia Fontana, Sofonisba Anguissola, Angelica Kauffmann, Anna Maria Teresa Mengs, Judith Leyster, Camile Claudel, Dora Kallmus, Dora Maar, Gerda Pohorylles, Lotte Laserstein, Hilma Klint, Alice Guy, Helen Frankenthaler, y un largo etcétera todavía incompleto se recogen en el libro Grandes mujeres artistas (Phaidon, 2019), donde se relacionan (algo es algo, para empezar) 400 mujeres artistas.
En 2016 el Museo del Prado de Madrid realizó la primera exposición monográfica de la artista Clara Peeters (1590-1621), presente en sus fondos, quien se retrataba reflejada en los objetos metálicos de sus naturalezas muertas. En 2019 estrenó exposición, en su bicentenario, de dos mujeres artistas que también forman parte de su patrimonio y a las que nunca se les dedicó atención especial: Lavinia Fontana (1552-1614) y Sofonisba Anguissola (1535-1625). En 2017, la Galeria Ufizzi de Florencia inició el camino mostrando las obras de sor Plautilla Nelli (1524-1588) y Elisabetta Sirani (1638-1665).
El MOCA de Los Ángeles tiene un 25 % de representación de artistas mujeres, seguido del Whitney Museum of American Art, con un 22 %. En Nueva York, el MoMA alcanza un 11% y en el Met hay 7,3% artistas mujeres en su acervo.
Reescribir la historia del arte
Mujeres artistas con obras atribuidas a su maestro, a su padre, a su marido…, o simplemente no reconocidas profesionalmente. Está surgiendo un necesario movimiento de visibilidad, reconocimiento y rehabilitación de estas mujeres. Se ha contado la historia del arte sin incluirlas, y se hace necesario reparar esta omisión con ellas.
Muchos se han interesado en saber más de las artistas mujeres. Un pionero fue Giorgio Vasari (1511-1574), uno de los tratadistas del arte más importantes del Renacimiento, arquitecto, pintor de cámara de los Médici, quien publicó la primera enciclopedia de biografías artísticas (Le vite de’ più eccellenti architetti, pittori et scultori italiani). La primera edición es de 1550, ampliada y reescrita en 1568, incluyendo grabados con los retratos de los artistas –algunos inventados–. Entre otras, están presentes las biografías de Artemisia Gentileschi y Properzia de’ Rossi, mujeres artistas de su tiempo.
Hoy tenemos el reto de revisar el estatus de ciudadanía, además del discurso y contenido de las obras de mujeres artistas a lo largo de los siglos; de aunar esfuerzos para profundizar en las razones de la falta de presencia de mujeres en las colecciones de arte, en los espacios culturales y museos; de difundir y estudiar su obra, analizando el relato que se manejó para minusvalorarlas o silenciarlas.

María Molina León
Historiadora del Arte, Antropóloga y Museóloga. Directora del Museo Universidad Panamericana (Ciudad de México)
 

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Pasión por la verdad, el bien y la belleza

En su libro The Beer Option, Jared Staudt emplea la imagen de la cerveza –un producto típico de la cultura católica– para explicar cómo las realidades materiales son una vía de acceso a Dios. La bebida, elaborada por los monjes benedictinos como medio de subsistencia y de caridad hacia los pobres y los peregrinos, también evoca la alegría y la amistad, dos rasgos distintivos de la nueva evangelización.
Tras publicar el libro en 2018 –a modo de spin-off de La opción benedictina, de Rod Dreher–, Staudt puso en marcha la web Building Catholic Culture. Se trata de un proyecto de alfabetización para suscitar el aprecio por la “rica cultura sacramental” del catolicismo, que es una fe encarnada en el mundo. Como recordó san Juan Pablo II en un famoso discurso de 1982, “una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida”.
La cultura católica empieza en el hogar y, desde ahí, irradia todos los ámbitos de la sociedad. De ello es consciente Staudt, casado y padre de seis hijos, profesor del Augustine Institute y director académico de la oficina de formación de la archidiócesis de Denver. Por eso, en su web dedica un apartado a la cultura familiar. Entre sus pilares sitúa la oración en familia; la educación de los hijos en el aprecio por la verdad, el bien y la belleza; las prácticas compartidas de trabajo y ocio; y los planes con otras familias.
Otra pata de su proyecto de alfabetización cultural son los talleres de formación humanística para jóvenes y adultos, los retiros y las peregrinaciones, concebidas estas últimas como genuinas experiencias de inmersión en la cultura católica. Lo que incluye visitas a lugares representativos del arte cristiano, momentos de oración, conciertos de canto gregoriano, catas de cerveza trapense…
Pero, seguramente, la joya de la corona de su web son las reflexiones que hace al hilo de un poema de Gerard Manley Hopkins o de John Henry Newman, de un cuadro de Monet o de Turner, del Réquiem de Mozart, de un oratorio de Edward Elgar, de una escultura de Donatello, de la basílica de Saint-Denis… El conjunto forma “una profunda visión sacramental” del mundo, como dice a propósito del poema La grandeza de Dios, de Hopkins.

“Sin belleza, perdemos un poderoso resorte hacia la fe”

El mundo como sacramento
Para Staudt, un laico que adapta la Regla de san Benito a su ambiente familiar y social, la cultura no es algo puramente ornamental. “El arte –explicaba hace tiempo en un artículo–  nos inicia en la tradición viva de la cultura católica y de la civilización occidental”; nos ayuda a modelar nuestra sensibilidad; dispone la mente y el corazón para adorar a Dios; y “nos sumerge en la belleza”.
“La pobreza de nuestra cultura es en gran parte una pobreza de belleza. Ya no vemos el mundo como un sacramental que revela y manifiesta profundas verdades y misterios espirituales. Sin belleza, es menos probable que miremos hacia arriba, y perdemos un poderoso resorte hacia la fe”.
Si nuestra vida discurre alejada del arte y de la cultura, concluye Staudt, se irá empobreciendo. “Necesitamos experimentar una epifanía de la belleza para inspirarnos en la búsqueda de las cosas más elevadas y para refrescarnos en nuestros esfuerzos y nuestras pruebas”. Necesitamos esa manifestación en nuestra vida para percibir mejor Dios en lo ordinario. 

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