Por Alejandro Serrano, docente de Monaita-Mulhacén (Granada), e impulsor del Proyecto Selene. 

Hoy en el blog, Alejandro nos cuenta su experiencia de por qué el mayor de los regalos es el tiempo dado a los demás.

Ahora que se acerca la Navidad, todo el mundo se carga de buenos propósitos y los hospitales se llenan de gente que quiere ayudar y hacer que sean unas fechas agradables para todos. Pero el año es muy largo y cuando acaba la Navidad los que necesitan de nosotros siguen ahí y debemos continuar a su lado.

El esfuerzo que esto requiere a veces es lo que debemos buscar en nuestro interior y dar lo mejor de nosotros para poner ese granito de arena que hace a otros ser un poquito más felices.

Cuando hablamos sobre preparar a nuestros hijos para el futuro nos centramos muchas veces en nivel de estudios, idiomas, etc., pero no deberíamos olvidar que debemos también prepararlos para ayudar a los demás y servir a los que lo necesitan.A veces pensamos que son demasiado pequeños para saber sobre “las cosas que pasan ahí fuera”, pero, de una forma adecuada a su edad, es bueno que sean conscientes de las necesidades de otros.

A veces pasan cosas maravillosas. Cosas que pensabas que serían buenas, pero que cuando suceden, comprendes que la fuerza de las personas se multiplica cuando se unen por una buena causa y cada uno da lo mejor de sí mismo.

El comienzo de Selene

Hace un par de años una madre del cole (Monaita-Mulhacén) me propuso pensar una actividad para presentarla a la Fundación Telefónica, ya que, como trabajadora de la empresa, quería hacer algo relacionado con ayudar a alguna organización sin ánimo de lucro.

En aquel momento, estábamos trabajando en clase de 5º de Primaria con unos pequeños robots y drones programados con los iPads para repasar figuras geométricas y ángulos de una forma divertida. Pensé cómo redirigir esta actividad para presentar un proyecto interesante.

Me vino rápido a la cabeza que otros padres del colegio forman parte de la asociación AUPA (Asociación de Madres y Padres de Niños Oncológicos de Granada). El proyecto quedaba pronto definido: Ir al Hospital Infantil de Granada y pasar una tarde a la semana con los chicos de Oncología, programando y divirtiéndonos con los robots.

Una vez que el hospital autorizó a AUPA a realizar el proyecto lo presentamos al concurso de la Fundación Telefónica.

Meses más tarde fue aprobado, compramos los materiales necesarios y comenzó una de las experiencias más maravillosas de mi vida: el Proyecto Selene.

Desde el pasado mes de junio vamos todos los jueves a las seis de la tarde a pasar un rato con los chicos y chicas de la planta de Oncología y también en el CiberAula, con el resto de jóvenes ingresados que quieren participar.

Mucha gente dice que debe ser muy duro “enfrentarse” a la realidad que se vive allí. Y a veces no es fácil. Pero te llevas muchísimo más de lo que ofreces.

Los niños y padres que vas conociendo te van dando lecciones que no aprenderás en cualquier otra parte. Porque no todo el mundo conoce a los héroes que están allí. Desde los niños y niñas hasta sus padres, pasando por todo el equipo médico, de limpieza… Todos son una familia y como tal, conviven haciendo fuerza todos juntos y ofreciendo lo mejor de cada uno.

Tengo la suerte de compartir este proyecto con Marian, mi esposa. Cada miércoles cargamos en casa los iPads y los robots. A veces cuesta encontrar enchufes para todo. Y Álex (9 años) y María (6 años) ya se dan cuenta de que al día siguiente se quedan con los abuelos por la tarde porque papá y mamá se van al hospital “a jugar con los niños”. Saben muy bien a dónde vamos, a quién se dirige el proyecto y lo que hacemos allí. Y se enfadan. Sí. Se enfadan. Pero se enfadan por no poder venir con nosotros para jugar y hacer felices a los niños y niñas que “están malitos”. 

Ver a mis hijos explicar a amigos o familiares qué hacemos y sobre todo por qué lo hacemos te hace ver que han entendido cosas que son muy importantes y que les ayudarán a ir haciéndose cada vez mejores personas.

Valores como la solidaridad, la constancia, la fortaleza, la empatía, tienen que verlos en su entorno, para entenderlos y hacerlos propios. Demos a nuestros hijos la oportunidad de saborear la experiencia de hacer feliz a otros a través de su tiempo, de su presencia, de sus dones puestos al servicio de los demás. En Navidad, y siempre.

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Una Navidad para siempre

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